✒️La Primera LEY del PEDO

Conociendo la LEY del PEDO: (Avance exclusivo de mi libro)

Un pedo, un problema, todo parte ahí, desde una situación o circunstancia que genera un problema en la pareja. En México le llaman «pedo», no sé si te lo dije, pero mi esposa es mexicana y yo amo ese país y su cultura. Es por eso que me refiero a los problemas como «pedo», y aquí te cuento algo que descubrí/elaboré en el transcurso de mi carrera…

PRIMERA LEY DEL PEDO:

"CUANDO LAS COSAS NO SON COMO TE GUSTARÍA QUE FUESEN. ES TU PEDO, NO EL SUYO"

Puede ser recurrente que sientas algún tipo de malestar porque las cosas no son como te gustaría que fueran, idílicamente hablando, porque lo que soñaste respecto a las relaciones, es muy distante de lo que estás viviendo ahora; y al mismo tiempo ves que a la otra persona no le afecta o no le importa, pues, déjame decirte, que es si eso es lo que te esta pasando, es TU pedo, NO el suyo.

Es común caer en la fantasiosa idea de que la persona a la que tanto quieres y por la que tanto has hecho, te debe algo. Tal vez hayas alimentado esa creencia en función de vuestra historia, de tu interpretación de la realidad o de tus expectativas.

Permíteme ser aún más claro: nadie te debe nada. Un amigo solo te debe dar su amistad, una pareja, su amor, tus padres, la vida, y todos ellos ya te han dado lo que han podido y de la forma que han sabido.

Te contaré una historia personal. Al principio de mi matrimonio, mi esposa y yo teníamos algunas dificultades cuando me quedaba trabajando en el despacho de casa. Cuando me quedaba trabajando, le pedía que no me interrumpiera mientras trabajaba, pero ocurrió todo lo contrario. Esto provocó que me hiciera preguntas que solo hacían que me autoflagelara. — ¿Cómo es posible que, después de haberle dicho tantas veces, no respete mi espacio? ¿No le importa lo más mínimo lo que le pido?

Aunque ya se lo había pedido, explicado y argumentado de mil maneras diferentes, ella por el motivo que fuese no lo consideraba tan importante como para cambiar su comportamiento. No podía ni quería que esto se convirtiese en una guerra permanente. Ya llevábamos un año con las mismas discusiones y estaba harto del mismo desenlace una y otra vez, por lo que decidí rendirme y aceptar las cosas tal y como eran.

Aceptar las cosas como son requiere mucha valentía, porque solamente cuando uno acepta lo que es, de la manera que es, puede hacerse responsable de cambiar la situación que no le agrada. Así que decidí aplicar la primera Ley del Pedo: «si yo tengo un problema y la otra persona no lo tiene, depende de mí cambiar lo que me hace daño», es mi pedo, no el suyo. Sin embargo, hay una gran diferencia entre aceptar las cosas y rendirse. Comprendí que por algún motivo que ambos desconocíamos, aquello que le pedía era de difícil cumplimiento para ella. Por lo que puse toda la responsabilidad en mí y me pregunté: ¿cómo puedo ser parte de la solución y no parte del problema?

Esa misma tarde me puse contento porque compré un cartelito de los que se ponen en las puertas de los hoteles que decía «do not disturb». Me fascinaba la idea de que le estaba ayudando a solucionar un problema que nos afectaba como pareja. Y pensé que lo había conseguido. Había conseguido centrarme en ser parte de la solución, en vez de ser parte del problema.

Una semana más tarde, cuando había puesto el cartelito y estaba en plena sesión con mi auriculares puestos, entró mi esposa para preguntarme si podía sacar la basura… Sobraba decir que ella nunca había tirado la basura porque hasta ese mismo instante siempre me había encargado yo de ello. Contuve mi enfado de la mejor forma que pude, le hice un gesto de que estaba ocupado y continué con la sesión. Al terminar mi videollamada, calmé mis pensamientos rumiantes con un ejercicio de respiración. Me sentí desesperado, no porque abriese la puerta para preguntarme algo sin importancia, sino porque esa acción me conectaba con la infancia que había tenido, donde mis necesidades y emociones no eran importantes ni reconocidas, y abría la presa que contenía las emociones reprimidas durante mis años de adolescencia.

¿Qué puedo hacer para ser parte de la solución y no ser parte del problema? Esa pregunta me la repetí esa tarde unas cuantas veces. Mis heridas o traumas emocionales son mi responsabilidad, y abrir la puerta es un hecho neutro que yo interpretaba como algo dramático. Eso no significa que no tuviera que validar mis emociones, pero sí que debía buscar en mí el responsable. Luego, tomé la decisión y el compromiso de cerrar la puerta con llave, además de poner el cartel para que así, por si surgía cualquier situación, no lo veía, ella pudiera comprender que en ese momento estaba ocupado.

Dos días más tarde, al mediodía, ocurrió algo urgente. Mi esposa recibió una llamada de sus padres y quería saber si tenía disponibilidad para que fuésemos a cenar esa noche con ellos. Mi esposa trato de entrar en el cuarto, pero estaba cerrado con llave, y a pesar de que habíamos hablado de que cuando estuviese cerrado con seguro y tuviese el letrero, significaba que no estaba disponible golpeó la puerta para poder hacerme “esa pregunta urgente”, y me limite a decirle que estaba ocupado.

Me sentí molesto al ver como se repetía el mismo acontecimiento independientemente de lo que yo hacía para ser parte de la solución en vez de parte del problema. Era lo mismo que me pasaba en mi niñez, que por más que hacía para evitar los conflictos con mi familia de origen al final, algo terminaba sucediendo a pesar de mis esfuerzos, me encontraba perdido, así que deje que el perro me sacase a pasear para dejar respirar mis ideas.

Por dentro, estaba «fuera de juego». ¿Realmente no podría haber esperado una hora para hacerme esa misma pregunta?, ¿cómo puedo decirle las cosas para que comprenda?, fueron algunas de las preguntas que me hice a mí mismo mientras Chucha (la perra) me hacía caminar para que no me quedase parado en el mismo lugar.

No te voy a mentir, sentí tristeza porque algo aparentemente muy simple y sencillo de solucionar se me dificultaba enormemente, y aunque respiraba profundo y me repetía frases como “no todo tiene que estar bien, para que yo esté bien”, una parte de mí sentía desesperación ante esta situación.

Lo iba a intentar tantas veces como fuese necesario, por lo que me volví a preguntar: ¿Qué puedo hacer para ser parte de la solución y no parte del problema? Me recordé que sino soy parte de la solución, estoy siendo parte del problema, y de repente, se me ocurrió comprarme unos auriculares insonorizados. Ahora, cada vez que estamos los dos en casa y quiero que mi estudio se convierta en un santuario de confort, seguridad y tranquilidad, no necesito que mi esposa haga lo que yo creo que tiene que hacer para yo poder sentirme a gusto, sino que cierro con pestillo, y me pongo los auriculares insonorizantes mientras que estoy en el estudio. Ya no necesito poner ningún cartel de “no molestar”.

Te cuento mi historia, porque cada pareja tiene alguna situación que detona ciertos conflictos, por eso, cuando sin darte cuenta, se te cruce un juicio o una crítica inconsciente, porque las cosas no son o no se hacen como tú entiendes que se deben hacer, recupera tu centro repitiendo el siguiente mantra: “Cada persona siente, piensa y actúa de manera diferente”, y pregúntate ¿Cómo puedo ser parte de la solución, y no parte del problema?

Es importante entender la diferencia entre aceptación y resignación. Aceptar implica soltar aquello que no depende de ti controlar, y centrarte en lo que tu si puedes hacer. Resignarte implica someterte a las circunstancias sin hacer nada, porque existe una mentalidad de indefensión aprendida donde se piensa que de nada sirve lo mucho o poco que hagas para cambiar esa situación que tanto te molesta.

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